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La historia antigua y reciente ha hecho de la Habana una ciudad-reliquia, dotada de un ritmo y una actividad cultural envidiable que fortalece el dicho de Cristóbal Colón, quien la calificó como “la tierra más hermosa que ojos humanos vieron”.

Aunque es verdad que la crisis económica se refleja en muchos aspectos de la vida cotidiana y en el rostro mismo de muchos de sus edificios, es innegable la nobleza y la alegría de los cubanos, quienes hacen sonar música las 24 horas del día con ritmo de tambores que, en cierto modo, es el latir de la ciudad. No en vano Cuba ha exportado al mundo entero ritmos como el danzón, la rumba, el mambo y el chachachá.

Cuba es el último reducto del socialismo en América, y prácticamente en el mundo, lo que ha esculpido en La Habana un rostro único: un país sin publicidad, con una arquitectura propia (en ciertas zonas), que por fuerza de las circunstancias vive en otro tiempo. Sus servicios turísticos, en cambio, se han empatado con los tiempos actuales. En buena medida, La Habana vive del turismo.

La cultura es otro gran aliciente para visitar la isla. A sus museos, conciertos y funciones de teatro y de ballet, hay que agregar sus numerosos festivales. El quehacer cultural y artístico de La Habana no descansa un solo mes del año.

La Habana es un paraíso visual. Comenzando por La Habana Vieja -una de las joyas coloniales más preciadas de América-, Centro Habana, el Vedado y Miramar hasta llegar al Malecón, uno de los escenarios urbanos más plácidos del planeta.